los olores que caen de las noches resagadas
se van congelando con el frío de diciembre,
vacíos lánguidos se convierten en prendas tiradas en el piso,
los abrigos son los dientes que hacen falta
en las sonrisas de mis viejos.
porque amanesco derramada en el solsticio no de junio,
la pijama no me abriga de la corriente helada que se quedó impresa en mi cama
durante una noche tan larga cómo noche de polos,
y recuerdo queriendo acompañar a mi garganta,
dulce ponche, fruta almibar, humo vida
vapor al pecho.
y puedo entonces, dar el brinco, mojar el cuerpo,
armar atuendo: salir corriendo...
paso la saliba tibia...
olvidé servirme ponche.
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